La historia de Homero comenzó un día de clases, cuando mi mamá trajo en una caja un perrito blanco y negro, ni bien vio a mis hermanos y a mí notamos que nos tenía un poco de miedo. Era gordito y peludo, tenía la cabeza negra y decidimos llamarlo Homero Timoteo. Corría el mes de Abril y empezaba a hacer fresco, al irnos a la escuela nos acompañaba hasta llegar a la calle y al regresar lo llamábamos desde una cuadra y él salía a recibirnos. A pesar de haber crecido muy rápido no desperdiciaba ocasión para meterse dentro de casa cuando comenzaba a oscurecer, o de su alegre saludo mañanero. Estábamos en la provincia por problemas de trabajo de mi papá cuando adoptamos a Homero, teníamos espacio y verde para él en ese lugar, y su compañía.
Luego, por el mismo tema, tuvimos que volver a esta ciudad y él se adaptó rápidamente aunque con algunas variantes ya que dormía adentro y salía a pasear por el barrio haciéndose de nuevos amigos perrunos como él. Lamentablemente, como mi papá es encargado de un edificio, nuestra familia sufrió un “castigo” de parte del administrador, y le exigió que retirara de casa a Homero o nos íbamos todos; ese fue el principio del fin para nuestro querido amigo.
A pesar de haber animales antes y después del nuestro y luego de haber intentado todo, tuvimos que llevar a Homero a la casa de un tío en la provincia para que nos lo cuide y, como estaba muy molesto por estar atado, al dejarlo suelto antes de cumplirse el mes para volverlo a ver se escapó y no supimos más de Homerito. Es el deseo de todos nosotros que ésto cree conciencia, que nuestras mascotas son algo más que eso, son una parte de nosotros desde que las adoptamos; son parte de nuestra familia con todo lo que esto conlleva.