
Las cotorras, asegura el ornitólogo Florentino García en su libro Las aves de Cuba, se caracterizan por unirse para toda la vida. A tal punto llega ese afecto, agrega, que si muere uno, el otro no resiste la pérdida y también agoniza de tristeza.
La cotorra, tanto como especie silvestre o como ejemplar en cautiverio, goza de una popularidad enorme. La razón principal radica en la capacidad de la familia Psittacidae para imitar la voz humana, lo que ha dado fama universal a guacamayos, papagayos, pericos, loros, cateyes y cotorras de las Antillas y Sudamérica.
Esa capacidad, más su mansedumbre y adaptabilidad para vivir enjaulada y en compañía del hombre, a lo que se suman la belleza rutilante del plumaje y su matrimonio de por vida, son algunas de las razones principales que hicieron desaparecer el guacamayo cubano (Aria tricolor) y mantienen en jaque, con peligro de extinción, otras especies afines.
En el archipiélago cubano, donde se le protege desde hace varios años, la cotorra logró recuperar parte del terreno perdido. En la actualidad es relativamente fácil divisarla mientras vuela en bandadas por las montañas orientales, la Ciénaga de Zapata, la Isla de la Juventud y la Península de Guanahacabibes.
Cuando el observador disfruta el espectáculo grande de escuchar el graznido sonoro y salvaje del ave en libertad, debía perder de inmediato el gusto a la vieja costumbre de encerrar a la cotorra en jaulas estrechas y ponerla a repetir palabras o frases por toda una larga vida, separada de sus congéneres y privada de la posibilidad de encontrar pareja y reproducirse.
La cotorra, subespecie endémica, es una de las aves con más hermoso plumaje que vuelan en Cuba. El color predominante es el verde brillante, con dominio del rojo en la garganta, una porción del cuello y las mejillas. La parte anterior de la cabeza es blanca, las plumas remeras son azules y en el abdomen enseña una coloración marrón.
Vive en bosques tupidos, tanto en llanos y parajes cenagosos como en montañas. La alimentación consiste en frutas y granos, que en la vida silvestre consigue con relativa facilidad en ruidosas incursiones por el monte.
Durante la época de reproducción se les ve a menudo volar en parejas, sobre todo temprano en la mañana o a la hora del crepúsculo.
Sus rápidos aletazos y el graznar casi constante, es algo que se adiciona al placer de contemplarlas cuando remontan el vuelo contra el azul y la luz del cielo, mostrando el vertiginoso destello de colores.
Para anidar, prefieren palmas y árboles secos, donde deposita entre uno y tres huevos, a los que prodiga esmerada atención.
(Agosto 2007)