HISTORIAS DE MASCOTAS

Heroicas Mascotas de la infancia

 

Fuente: http://prometeomurillo.blogspot.com/2007/03

 

Perroaraña

Mi hijo Emilio tenía apenas 3 años cuando falleció mi abuelo, de 98. Es por ello que, aunque llegó a conocerlo, su ausencia se limitó a la indescifrable duda del porqué había dejado de ver a aquel hombre lento y cariñoso, de la barba que pica y que se tomaba la molestia de repetir cientos de veces la misma broma que a ambos hacía estallar de risa.

El tema había sido fácil de esquivar, más cuando las palabras en el vocabulario de un niño no son suficientes para expresar una duda. Un día tuvo los recursos - y quizás el valor- para preguntármelo. ¿Por qué ya no veo al abuelo Gabis, papá? Se apiado de mí y se conformó con una respuesta ambigua, con un "es que se tenía que ir al cielo" fue suficiente. No persistió, como con otras dudas, por las que luchaba tenaz por una respuesta encadenando “y porqué’s” y terminaba por emproblemarnos a todos con delicados temas de moral y metafísica. O quizá, de nuevo su vocabulario no dio para más y no pudo enfrentarse al resto de sus dudas. Dudas simplemente universales, aun sin contestar para muchos de nosotros.

“Cómprale una mascota”, me aconsejo mi padre. “Las mascotas cumplen con ese delicado objetivo -me explicó con voz de médico- no son simples juguetes”. Las mascotas son seres vivos y cálidos, que nos enseñan numerosas lecciones de vida pero sobre todo, nos enseñan del dolor por una pérdida irrecuperable de baja intensidad, a ver la muerte de manera práctica, a aprender a responsabilizarnos de una vida primero, y de un cadáver después.

Decidimos comenzar desde abajo y de la tienda de mascotas salimos con su primer compañero de cuarto. Un sencillo, simpático y vistoso pez beta entró a nuestras vidas como flamante mascota familiar y en su efímera existencia aposté por un laboratorio moral que trajera a Emilio sus primeras experiencias en pérdidas insustituibles.

Aprendimos a alimentarlo y los cuidados básicos, pero dentro de mi siempre albergué la esperanza de su pronta expiación, sin embargo, el veleidoso pez azul vivió la friolera de Tres años. Treinta y seis meses en los que, por fortuna, no hubo más decesos que lamentar, Pero cuando ocasionalmente el abuelo volvía a ocupar su lugar en la mesa, me sentía deudor de una explicación satisfactoria. El silencioso beta se paseaba en 30 centímetros cúbicos sin pedir más que alimento y agua limpia, era el fantasma mismo de mi abuelo.

Yo en cambio siempre estuve marcado por la desgracia. Mis mascotas murieron con heroísmos dignos de medalla: La rata blanca, el mismo día que me la regalaron; los peces goopis, en masiva renuncia ante un cambio de marca en el cloro; las crías de palomas asesinadas arteramente por los gatos del vecindario y tres de mis fantásticos y más queridos perros, murieron dos a causa del moquillo, y el otro del certero embiste de un auto. Ellos y otro tanto de gatos, dieron su vida en aras de que yo entendiera que, pese a todo, la vida continúa.

Siempre creí en la dignidad de los funerales para mascotas y con solemnidad infantil, construí los nichos de descanso de aquellos fieles compañeros de juego; todos fueron llorados con amargura y recibieron los honores, a excepción de los gatos, por cuyo natural y repetitivo extravío -y ocasional regreso- terminaban por no extrañarse. Además de la despreocupación por recuperar el cuerpo, daban a pensar que en verdad estos felinos gozan de 7 vidas, de las cuales sólo nos toca una.

Con esta enseñanza, asistía a los funerales de familiares y amigos lejanos con relajada naturalidad, la honra bien puesta y, aunque perder personas queridas no es comparable por donde se le vea, el sacrificio de las amadas mascotas cumplía su objetivo, más allá de hacernos dar un pequeño salto de la teoría a la práctica.

El beta azul, con su enigmático bajo perfil fue un portento de vida. Longevo como mi abuelo, murió el día que menos lo esperábamos, en medio de la euforia navideña. Entre regalos y más regalos, festejos, abundante comida, abrazos y caras lejanas que regresan con más regalos. Emilio, terminaba agotadas jornadas de visitas y juegos con sus novedosos primos de fuera, que apenas pudo atender el suceso con desinterés, "¿ah, se murió?" dijo mientras lo veíamos flotar de cabeza. No lo culpo: era sólo un pez -que al poco tiempo fue remplazado por una tortuga- y, al fin y al cabo, su vida apenas empieza.